“Sería una catástrofe no comenzar con la PAC en 2023”, Tomás García Azcárate, investigador del CSIC | Personajes Agro

Tomás García Azcárate, investigador del CSIC

Tomás García Azcárate, doctor en economía agraria, es, probablemente, la persona que más sepa en España de la Política Agraria Común. Desde 1986 hasta 2015 fue consejero encargado en la Comisión Europea de la coordinación de los análisis económicos a corto plazo de los mercados agrarios de la Unión Europea. Responsabilidad a la que sumó, de 2014 a 2015, el cargo de coordinador del Observatorio Europeo de Precios y Mercados Agrícolas.

Ahora, Azcárate es científico titular del Instituto de Economía, Geografía y Demografía, un organismo dependiente del CSIC. Además, ha recibido diferentes premios y reconocimientos como la Orden al Mérito agrícola del Gobierno de España o este mismo galardón del Gobierno de Francia.

Hoy, Tomás García Azcárate, personaje agro 2022.

PREGUNTA. Son ya 60 años de la PAC, ¿cómo valora su impacto? ¿Cree que la sociedad es consciente de su importancia o sigue habiendo críticas sin base científica?

RESPUESTA. Yo creo que el ser humano por definición es crítico. Y, además, está bien que la gente sea crítica, porque no hay nada peor que el conformismo. Siempre hay que intentar mejorar. Ahora bien, está claro que en estos años que estamos nosotros en la PAC, que es desde 1986, la agricultura española ha dado un cambio tremendo. Por poner una sola cifra: éramos un país tradicionalmente deficitario en la balanza comercial agraria y, el año pasado exportamos en torno a los 60.000 millones de euros en productos y hubo un excedente de 19.000 millones. Prácticamente todo el excedente comercial español viene de la agricultura. Ese es el lado positivo.

En el lado negativo, es evidente que el desarrollo agrario se ha apoyado y se ha hecho sin tener siempre en cuenta la pata ecológica de la sostenibilidad y también ha habido una reconversión brutal de la agricultura española que hace que a los agricultores españoles nos les vaya tan bien como le va a la agricultura. Esa, seguramente, sea la gran asignatura pendiente.

Tomás García Azcárate valora la PAC

P. ¿Y qué hace falta para que a esos agricultores les vaya tan bien como a la agricultura?

R. Hay un problema que, además, es un problema que tienen todos los eslabones débiles de las cadenas, lo estamos viendo con los transportistas, que es el cómo repercutir los costes de producción. Es decir, que un producto con un trabajo digno ha de tener un precio digno. Y este yo creo que es una de las dos grandes asignaturas pendientes que corresponde al reto de los agricultores versus la agricultura. Tenemos una nueva Ley de la Cadena a la que hay que darle una oportunidad, no es fácil desde la Administración intervenir en las relaciones privadas entre operadores y todos sabemos eso de ‘hecha la ley, hecha la trampa’. Por tanto, yo creo que hay que darle una oportunidad y seguir su aplicación y ver en qué medida realmente sirve para reequilibrar la cadena alimentaria. Tengo la convicción y la esperanza de que pueda ser útil, siempre que la actuación por parte de la Ley sea paralela a la organización de los productores para que puedan crear valor, ofrecer servicios y, por lo tanto, mejorar su remuneración. Yo creo que esas son las dos patas. Lo mismo pasa en el sector del transporte, lo estamos viendo: la atomización de los transportistas, la atomización de los agricultores, frente a unos pocos compradores o contratadores.

Y luego, es importante tener claro que no hay agricultura verde en números rojos. Esto hay que comprenderlo. Yo estoy a favor de una agricultura verde, más verde que la actual, pero evidentemente no puede estar en números rojos. Y ahí hay dos aspectos: todo el papel que puede jugar la innovación, la investigación, el asesoramiento a las explotaciones, el acompañamiento a los agricultores en todo este proceso. Y buena parte de la respuesta nos la va a dar la innovación, la investigación y también la organización de los agricultores familiares para poder participar en esta innovación y esta investigación. Esto es importante y, para ello hacen falta muchas cosas, entre otras, una que ha dicho el ministro Planas, y es que la conexión a internet no solo tiene que llegar a los pueblos, sino que tiene llegar a la finca que está a 15 kilómetros del pueblo para que pueda plantearse los datos… Innovación por un lado y, por otro, evidentemente, que los consumidores estemos dispuestos a pagar un precio digno por un producto digno. La cadena tiene que ser sostenible.

Y termino el círculo, porque es un nudo gordiano, esto no se conseguirá si la transición agroecológica no es inclusiva. Hay que tener en cuenta que una parte importante de nuestra población lo está pasando mal, lo pasó mal con la crisis del 2008, lo ha vuelto a pasar mal con el COVID y la guerra en Ucrania no ayuda nada. La solidaridad nacional y comunitaria se tiene que expresar con esta parte de la población que se puede ver golpeada por unos precios justos para la agricultura, unos precios que incorporen el coste ecológico… Toda la transición agroecológica no puede golpear sistemáticamente a la parte más débil de la sociedad.

Es una especie de nudo gordiano: los agricultores tienen que cobrar unos precios dignos, tienen que pagar y ofrecer condiciones de trabajo dignas, lo tienen que hacer respetando el medioambiente, los consumidores tenemos que ser conscientes de que las cosas tienen un valor y hay que pagarlo, pero la sociedad además de regular tiene que apoyar a la parte más débil que lo está pasando mal y que lo puede pasar peor si seguimos en esta dinámica.

P. ¿Se podría entender el sector sin la PAC?

R. Hace ya unos años, la Comisión Europea encargó un estudio sobre cómo sería la agricultura europea si no hubiera PAC. Y la primera conclusión es que seguiría habiendo agricultura. Lo que pasa es que tendríamos una agricultura con enormes explotaciones, con grandísimas empresas, en las mejores zonas y se dejarían abandonadas todas las zonas menos productivas, menos competitivas, menos interesantes, con todos los problemas que plantearía de erosión, de despoblación, de problemas medioambientales, incendios forestales por el abandono de los montes, etc. Es decir, yo creo que la PAC ha contribuido y contribuye a un equilibrio territorial mucho más estable y a que la inmensa mayoría del territorio europeo esté trabajado y puesto al servicio de la sociedad. Lo que sí es verdad es que podemos hacer las cosas mejor, en particular incorporando la vertiente medioambiental y una mejor gestión medioambiental. En la PAC que estamos previendo para los años que vienen hay una novedad importante, que son los ecoesquemas, que va a ser una ayuda específica a prácticas culturales que ya ejercen los mejores agricultores, pero que no se generaliza por la rutina, por la falta de costumbre, por la falta de experiencia y de asesoramiento… Por ejemplo, en cultivos leñosos una de las cosas que se ha demostrado, es que una buena gestión de la cobertura vegetal es buena para evitar la erosión, pero también para enriquecer el suelo en materia orgánica y, por lo tanto, para mejorar la simbiosis con el árbol. En muchas zonas ya se está desarrollando el no laboreo como una práctica habitual que ahorra muchísimo gasóleo, que evita la compactación del suelo, que mantiene una mayor riqueza… Promover el no laboreo es positivo, igual que favorecer la ganadería extensiva para que se puedan movilizar los pastos y cumplir con este papel de protección en zonas difíciles. Tengo fundadas esperanzas en que los ecoesquemas sirvan para acompañar al sector en una dinámica que sea más rentable económicamente y más rentable medioambientalmente.

P. Sin embargo, los ecoesquemas han sido criticados y polémicos…

R. Se han criticado por ambos lados: por exigir un esfuerzo a los agricultores que no está suficientemente compensado, dicen unos, y por otro lado porque no son suficientemente exigentes a los agricultores porque una buena parte de estas prácticas ya se podrían hacer porque son rentables económicamente. Para la transición ecológica hay que cambiar la forma de consumir los consumidores, de trabajar las industrias y los agricultores… Esto es un cambio de chip y no se puede conseguir únicamente con obligaciones legales, sino que hay que conseguirlo con la adhesión de las industrias, de los distribuidores, de los agricultores. Hay que encontrar un equilibrio entre el palo y la zanahoria. ¿En qué medida los ecoesquemas lo han conseguido? Nadie lo sabe. Habrá que ver si haciendo los cálculos cada agricultor le sale rentable o no participar y eso lo sabe individualmente cada agricultor. Si se han calculado mal, habrá o muchísima demanda o muy poca. Y en función de esto, se corrige. Si se ve que el cambio de chip que se le pide al agricultor requiere de un empuje mayor, habrá que aumentarlo y habrá que rectificar, y si se ve que, en cambio, es excesivo y hay una demanda que supera con creces todo lo esperable, también habrá que rectificar.

P. Usted ha defendido la nueva PAC y ha pedido que haya consenso, ¿pero qué base científica tienen las críticas que se le están haciendo a la nueva PAC?

R. La Unión Europea ha marcado unas estrategias y creo que nadie sensato, consciente de lo que está pasando en el mundo, puede estar en contra de la dirección que marcan las estrategias ‘De la granja a la mesa’, de la sostenibilidad ecológica, social, medioambiental y económica. Ahora bien, se han acompañado las estrategias de unos cuantos indicadores como la reducción de pesticidas, que son declaraciones de buena voluntad pero que no están basados en ningún análisis riguroso. Yo creo que es bueno que la superficie de agricultura ecológica aumente, igual que la superficie de agricultura integral aumente, todas las agriculturas que disminuyen el consumo de fitosanitarios y de abonos y que son más naturales van en buena dirección. Pero fijarse un objetivo al 2030 así como así, no tiene mucho sentido. A reducir un 50% los pesticidas me parece muy bien, pero no se sabe qué pesticidas ni el 50% respecto a qué año. Aquí hay mucho I+D+I, es decir, improvisación más desparpajo más inconsistencia. Y voluntarismo que no tiene mucho sentido. Y ahí ha habido muchas críticas. Es una pena, porque aquellos a los que, en el fondo, les podría molestar o les cuesta el cambio de mentalidad que supone la transición agroecológica, aprovechan estas inconsistencias para decir ‘esto es una chorrada, hay que renunciar’. Es decir, tiran el niño con el agua del baño. Y tirar el niño es una mala idea, pero cambiar el agua del baño es buena. Ahí tenemos un problema. Las tecnologías son de nuevo una gran ayuda, los consumidores cambiando nuestra mentalidad podemos ser de gran ayuda y también los agricultores.

P. ¿Qué resistencias cree que tiene el campo y el mundo rural ante la digitalización?

R. Hay un primer problema y es que hay agricultores de una cierta edad que no tienen ganas de lanzarse a semejante berenjenal. Y otro, que a mí me preocupa mucho, que viene de la mano de la inclusividad que comentaba antes: yo soy partidario de una agricultura familiar y que tenga una gran importancia, entendiendo la agricultura familiar como aquella en que las decisiones se toman en torno a la mesa de la cocina y no en torno a la mesa del Consejo de Administración. No es un tema de pequeño o grande, sino de una explotación que esté ligada al territorio, con gente que está en el territorio y para una política que tiene que ser agraria, social, medioambiental… es importante. Bien, la innovación tecnológica puede dejar de lado a buena parte de la agricultura familiar. Por ejemplo, un tractor inteligente ligado a una máquina de distribución de abonos que les permita utilizar el mapa de suelos y de rendimiento que saca el tractor con el satélite, todo eso cuesta mucho dinero. Y si no hay algún tipo de organización en común o de empresas de servicios que lo ofrezcan o de cooperativas de uso en común de maquinaria… La forma en que los agricultores decidan que es la forma más pertinente para organizarse. Pero hay que hacer que la agricultura familiar sea partícipe y sea incluida en esta dinámica de nuevas tecnologías y esa es una asignatura que está pendiente y a la que las Administraciones ya han empezado a prestar atención, pero que deberían seguir prestando o incluso prestar más atención.

P. La Comisión Europea nos pide cambios en el Plan Estratégico de la PAC que remitió el Gobierno a Bruselas…

R. Lo que ha propuesto España no es ni lo que ha querido el Ministerio de Agricultura ni lo que han querido las comunidades autónomas. Es un equilibrio complejo entre las distintas CC.AA. y el Ministerio. Por lo tanto, es un acuerdo que se queda a mitad de camino entre lo que quería uno y lo que quería el otro. Yo siempre he dicho que un buen Plan Estratégico es el que deja razonablemente y equilibradamente descontento a todo el mundo. Ahora llega a la negociación un nuevo socio, la Comisión Europea, aunque ya había tenido un ojo sobre lo que ocurría en España. Obviamente, pide cambios. La Comisión quiere ambiciones medioambientales más poderosas. Ahora toca ver cuáles se pueden negociar.

Otro elemento a tener en cuenta es que, para respetar el calendario, el PEPAC se envió a Bruselas antes de que acabara la consulta pública sobre el PEPAC en España. Y en esta consulta pública ocurren dos cosas: cada organización vuelve a poner encima de la mesa sus reivindicaciones, pero además, en esta consulta puede haber alguna buena idea que se quiera incluir en el plan estratégico. Por lo tanto, el PEPAC definitivo será distinto al inicial. Como en toda negociación.

P. ¿Cuáles son los próximos pasos hasta implantar la nueva PAC? ¿Habrá moratoria?

R. Moratoria no va a haber. En 2023, pase lo que pase, empezamos. Sería una catástrofe que no empezáramos. Ya es tarde. Confío en que en verano ya esté pactado con la Comisión Europea para que se puedan publicar tanto los reales decretos como los decretos leyes españoles y los decretos autonómicos que sean necesarios, sobre todo para todo lo que tiene que ver con el desarrollo rural. Me consta que en el ministerio y en las diferentes consejerías ya tienen adelantado el trabajo, porque los cambios serán menores en este sentido. El Gobierno ha anunciado una ley importante, porque el tema de las sanciones tiene que estar en Ley, y 18 o 19 decretos leyes, que ya están en borrador y que ya se están discutiendo. O sea, que pase lo que pase, el 1 de enero de 2023, empezamos una nueva andanada, pero que será de transición, porque la nueva PAC en su totalidad no iniciará hasta 2027, yo creo, con el nuevo período.

La UE y su rol en Ucrania

P. ¿Qué le parecen las medidas que ha adoptado la Comisión Europea para hacer frente a las consecuencias de la guerra en Ucrania? ¿Son suficientes?

R. Hay una medida con la que estoy radicalmente en desacuerdo, que es el almacenamiento privado en porcino. El problema de porcino no tiene nada que ver con Ucrania, sino con la disminución de la demanda asiática porque han tenido peste porcina y han matado a muchos cerdos. Había una fuerte demanda, así que hemos aumentado en España y en Europa nuestra producción, pero ellos ya están recuperando su nivel de producción tradicional y nosotros seguimos con este alto nivel de producción, por lo que hay un desequilibrio entre oferta y demanda. Es un error que, aprovechando el contexto, hayan colado el almacenamiento privado de porcino, porque, además, da la casualidad que el principal problema que tenemos, viniendo de Ucrania, es con los cereales, usados sobre todo en la ganadería intensiva, que en España es mayoritariamente porcina. Por lo tanto, si tenemos un problema de exceso de oferta y de falta de materia prima, lo lógico hubiera sido acompañar al sector para que reduzca su oferta y con eso disminuye la demanda de cereales y se alivia la tensión con Ucrania. Al mismo tiempo, como esto no lo puedes hacer de un día para otro, tienes que tomar más medidas como las que se han tomado, que me parecen bien. Por ejemplo, la autorización en España de las siembras por un año en barbecho de girasol. También se ha hablado del maíz, pero yo no creo que haya mucho barbecho en el que se vaya a poner maíz, tanto por coste de producción como por falta de agua, porque las tierras en barbecho no son normalmente buenas tierras, pero en girasol sí que puede funcionar muy bien. Y, además, otra medida que ha gustado al sector, con razón, ha sido facilitar la importación de maíz procedente de Estados Unidos y de China. Uno de los principales obstáculos en este maíz eran los límites máximos de residuos, que estaban fijados correspondientes con el maíz de consumo humano y por tanto eran muy estrictos. Pero lo que se ha hecho es autorizar la importación con límites más altos, pero solo para consumo animal. Pero no hay que pensar en ningún tipo de milagro, un choque como este va a tener un impacto y van a subir los precios. Es inevitable.

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Foto: CSIC

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